viernes, 28 de diciembre de 2018

El suicidio colectivo del PSOE

A veces me sorprendo cuando veo a Pedro Sánchez, en estos tiempos tan duros para el socialismo español, hacer apariciones públicas (pocas) o escribir en las redes sociales mostrando una integridad moral envidiable. Lo cierto es que me genera cierta incomodidad el ver que alguien es capaz de elaborar una pose tan fraudulenta de cara a la galería cuando por dentro, las llamas de sus errores deben estar abrasando sus entrañas.

Es curioso que el día que el socialismo pierde su bastión más férreo, Andalucía, un militante socialista cuyo padre fue asesinado por ETA pida la baja del partido al no poder soportar más esta bacanal insultante que Sánchez y su séquito se montan a diario con nacionalistas y proetarras. 
Si el presidente del Gobierno tuviera la más mínima convicción o gozara de algo de memoria de lo que fue su partido y por lo que lucharon muchos de sus antecesores, se rompería en mil pedazos al ver cómo José María Múgica decide abandonar un proyecto con el que dejó de identificarse hace tiempo y por el que su padre dio la vida. Con espanto corrosivo han debido ver los socialistas de bien ese ignominioso reportaje propagandístico en el que aparece Idoia Mendia brindando con Otegi en una actitud vergonzosamente amigable. Y Sánchez, víctima del histrionismo, no se ha podido desmarcar de la polémica y ha decidido, restándole públicamente importancia al asunto, blanquear –como viene siendo costumbre– a un terrorista que mancilla a diario nuestras instituciones. 

El presidente del Gobierno ha pasado a formar parte de la ofensiva separatista que en estos tiempos se encuentra en unos niveles de virulencia y peligrosidad alarmantes, dando así alas a los que quieren sembrar el pánico en Cataluña usando métodos ya pasados y contra los que muchos valientes lucharon. Exhibe sin pudor su complicidad con los detractores del orden, convirtiéndose en el perfecto secuaz al servicio de una panda de tiranos golpistas. Nuestro presidente está convencido de que su irrespetuosidad institucional, orquestada al son de las migajas políticas de separatistas y radicales, le permitirá conservar el poder robado. Craso error.

En Andalucía hablan los socialistas del pacto de la vergüenza entre el PP, Ciudadanos y VOX, tildando dicho pacto como un monstruo de tres cabezas que viene a aniquilar y coartar la libertad de los andaluces. Parecen haber olvidado que la dignidad de sus compañeros, así como la memoria de un PSOE que un día quiso una España mejor, fueron subastadas sin miramientos por Pedro Sánchez en la casa de la democracia hace pocos meses. Desde entonces, Sánchez ensucia a diario de inmoralidad los sillones en los que se sentaron un día los promotores de nuestra libertad. 

Como Dorothy Gale, ajeno al mundo pero terco en su objetivo, Sánchez ha puesto rumbo a Oz, un lugar que promete salvarle de todos sus males, pero que no es más que una ilusión generada por seres carentes de corazón, cerebro y valentía, que le guían hacia la cruda realidad de su existencia.

Era previsible que los españoles devolviéramos en las urnas los reiterados golpes de un presidente que desprecia nuestra voluntad. Hemos demostrado que no somos animales irracionales que siguen deslumbrados los pasos de una persuasiva y anticuada folclórica que se dedica a prometer el mundo cuando no puede ni dar la cara por su propia gente. 

Sánchez sabe que se equivoca, pero también es consciente de que es tarde para salir del bucle de indecencia en el que entró por su propio pie. Prefiere mantener su estafa antes que reconocer con dignidad sus errores. Pero ha de saber que su intento de sobrevivir no es más que un suicidio político en diferido, que tarde o temprano llegará de la mano de una España constitucional que rechazará sus políticas de pleitesía y servidumbre hacia los que quieren destruirla, arrastrando consigo a sus cómplices y dejando caer a un PSOE cada vez más corrompido.













martes, 18 de diciembre de 2018

Todos somos culpables


La libertad es un tesoro que nos es entregado parcialmente al nacer, y cuya plenitud y bendiciones descubrimos en algún momento de nuestra vida tras largos caminos y duros esfuerzos. Jamás pensamos en lo valiosa que es esa libertad hasta que un hipotético y lejano “nunca” se convierte en un abrupto y catastrófico “ahora”. Todo mal es lejano hasta que acontece delante de nuestras narices. Y, así, en el momento en el que tomamos conciencia de ese mal, es demasiado tarde. 


Otra mujer más ha sido presuntamente asesinada en manos de algún desquiciado ser que hasta ahora habrá gozado de la libertad que ella nunca más volverá a tener. Todo por lo que Laura Luelmo ha luchado a lo largo de su vida, todo el camino que ha recorrido con el simple objetivo de ser una persona libre, ha quedado sumido en el ostracismo vital consecuencia de un egoísmo ajeno a ella misma. La libertad de Laura le ha sido arrebatada sin un ápice de compasión, vergüenza o arrepentimiento. Porque, permítanme que les diga que una persona que asesina de manera fría y deliberada, jamás verá en sus actos algo por lo que lamentarse en un futuro. Jamás comprenderá el dolor que causa, ni podrá llegar a advertir las vidas con las que arrasa cuando cumple su propósito de secuestrar un alma inocente y llena de ilusiones. 

Laura Luelmo, una profesora recién aterrizada en el mundo, se topó circunstancialmente en el camino de un malnacido, sin tener culpa de que este último campase a sus anchas por este mundo. Ella no podía imaginar que el propio ser humano pudiera darle tamaño revés cuando no había hecho nada para merecerlo.

Voy a aventurarme a plantear la hipótesis de que su asesino haya sido su vecino, la misma persona que mató hace años a una mujer a cuchilladas, estuvo en la cárcel por ello y en un permiso penitenciario hirió con un cuchillo a otra tras intentar violarla. 
Hace poco más de un mes, este delincuente salió de prisión y volvió a tocar con los dedos esa libertad que jamás vivirán otras personas como Diana Quer, Marta del Castillo, o la recién fallecida Laura Luelmo. 
Si esa hipótesis se confirmase, pregúntense si el presunto asesinato de Laura se podría haber evitado de alguna manera, y, si es así, pregúntense cómo. ¿Me pueden entonces explicar qué somos? ¿Acaso no seríamos en parte culpables de su muerte? ¿No sería justo que todos los que consentimos que su hipotético asesino reincidente esté libre fuéramos privados de una décima parte de la libertad que entre todos le hemos arrebatado? ¿No deberíamos arrepentirnos todos y pedir perdón tras haber cometido un grave error como sociedad?

Todos seríamos culpables de su muerte. Sí, todos. Por dejar en libertad a una persona que se ha esforzado en demostrar su falta de compromiso con la sociedad, su falta de escrúpulos y su falta de moral. Por dejar libre a quien encadenó a otras personas a la muerte.

Somos culpables y seguiremos siéndolo mientras sigamos expectantes ante estas atrocidades y no seamos capaces de ponerles remedio. Siempre será más fácil tuitear y mostrar una falsa indignación por una desgracia que se podría haber evitado si jamás se hubiera soltado a un criminal, mientras defendemos estáticamente penas insustanciales creyendo que todo aquel que cumple condena se adapta a un modelo idílico de delincuente que acaba por reconocer y arrepentirse de sus errores. No, señoras y señores, la mente humana no funciona así. No todo el mundo es empático con las personas que están a su alrededor. No todo el mundo se deshace de una repugnante obsesión sanguinaria por el mero hecho de pasar unos años entre rejas. No surte el mismo efecto en todo el mundo una determinada terapia psicológica. 
Hay mentes enfermas, cautivas de sí mismas y envenenadas hasta tal punto que sueltan ese veneno en el momento en el que tienen oportunidad para hacerlo. Y todos queremos pensar que no es así, y tratamos de imponer nuestro deseo de un mundo utópico en el que no exista el mal. Erróneamente, pues el mal existe y seguirá existiendo. Una foto en Twitter o una manifestación no van a devolver la vida a todas las mujeres que año tras año son asesinadas. 

Nuestra sociedad se empobrece cada vez que un desgraciado mata a una persona inocente. Y somos responsables por no poner remedio a un virus contra el que la única opción que existe es la de su erradicación, impidiendo que prolifere y se multiplique. No hay otra forma. Y mientras no lo erradiquemos, seguiremos siendo una sociedad que peligra seriamente. 


El ser humano es tremendamente variable en actitud y comportamiento. Ese es el primer paso que nos llevará a entender la realidad de la cual formamos parte. Mientras no abandonemos ese mantra hipócrita del “Todos somos iguales y tenemos los mismos derechos”, deberemos seguir cargando sobre nuestras espaldas con las muertes de todas aquellas mujeres que perdemos por el simple hecho de no ser verdaderamente justos.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El por qué

Como un thriller repleto de suspense y misterio. Así ha transcurrido el 2-D en toda Andalucía. A medida que iba avanzando la jornada, Susana Díaz palidecía al ver cómo hasta sus más fieles seguidores le preparaban la maleta para salir de San Telmo. Y es que, ni todo el PER del mundo ha podido con la desgana de un pueblo harto de ver que la vida es aquello que pasa mientras la dueña y señora del cortijo sigue ahí, enraizada y estática en un viciado sillón de piel. 
La caída de la participación en los núcleos más socialistas puede interpretarse como que no soy yo el único andaluz con empacho socialista.

Nunca el PSOE había sufrido tamaño varapalo en su propia fortaleza en la que se ha colado la rebelión del pueblo andaluz, gestada en gran parte por las continuas faltas de respeto del propio PSOE a los españoles en general.

El por qué de este terremoto electoral lo tenemos en el día a día de una España que ha caído en el más puro ostracismo para sus dirigentes. 

Es indudable por un lado que el haber hecho oídos sordos a la situación judicial que, día tras día, noticia tras noticia e imputado tras imputado, vive su partido, no ha hecho demasiado bien a la candidatura de Susana Díaz. La telaraña corrupta tejida durante años por el PSOE en Andalucía, y cuidada con esmero por la ya ex-presidenta de la Junta, ha acabado por ser la trampa perfecta en la que ella misma y sin ayuda ha caído, sentenciando así su carrera, que estos días da sus últimos coletazos al frente de un conglomerado institucional extractivo, estéril e injustificado.


Por otro lado, el PSOE, siguiendo su tónica delirante, ha pecado de prepotente, atreviéndose una vez más a manejar lo que se encuentra fuera de su alcance. Promover una moción de censura contra un Gobierno que había logrado una cierta estabilidad parlamentaria fue una temeridad. Pedro Sánchez se tiró de cabeza a una piscina sin agua, siendo rescatado por fuerzas políticas muy distintas a las que sus propios votantes aceptarían alguna vez como aliadas. El pacto sesgado por ideologías minoritarias y las continuas concesiones a dichas minorías, formadas por independentistas radicales, batasunos y comunistas, no ha hecho más que desgastar públicamente a un ingenuo Sánchez que siempre ha visto La Moncloa como su objetivo personal: un paraíso terrenal que le daría la llave de una jubilación dorada precoz.

No podemos olvidar la estrella del momento: Franco. El PSOE, en su obsesión por cebar aún más su ego, ha estado en los últimos meses más pendiente de la momia de un dictador que de los ciudadanos vivos de su país. Sacar un puñado de huesos y ver dónde se pueden trasladar para que no molesten ha sido el principal quebradero de cabeza de todo un ejecutivo desde que empezó su andadura institucional el pasado verano, y eso parece que no ha dado los frutos que se esperaban, pues del clamor popular y de convertirse en un héroe antifranquista, Sánchez ha pasado a ser el cuñado monotemático que, tras dos gin-tonics, consigue copar toda la atención a base de gritos ordinarios en las cenas de Navidad.

Sánchez ha conseguido en meses lo que los andaluces llevamos intentando cuarenta años: echar al PSOE de la Junta de Andalucía.  

El PSOE se ha dedicado hasta ahora a gobernar centrando sus esfuerzos en mantener contento y callado a un reducto radical, creyendo que le reportaría éxitos futuros, renegando al mismo tiempo de España. Y eso no se olvida ni se perdona.

A partir de ahora empezaremos a escuchar en los medios una insistencia continua avisando de la bomba de relojería que ha entrado en el Parlamento andaluz. Escucharemos innumerables e infundadas críticas si se alcanza un acuerdo de Gobierno, por permitir PP y Ciudadanos que la supuesta extrema derecha que va acabar con las libertades de los españoles campe a sus anchas en las instituciones. No, señores. La llave de la entrada masiva de Vox en el mapa político nacional han sido sus votantes. Y la gente no se equivoca. Los idearios y los programas electorales se encuentran a disposición de todo aquel que quiera consultarlos. Y solo por ello, su resultado es legítimo y respetable. Quizá los equivocados sean los que han perdido, a base de ignorar los reclamos de su pueblo, la confianza de sus votantes. 

¿Acaso es menos lícito Vox que el Gobierno de Pedro Sánchez, enaltecido gracias al apoyo de un partido dirigido por miembros de una banda terrorista que asesinó durante años a representantes públicos elegidos en democracia?

En sus discursos tras conocer los resultados electorales, las dos formaciones de izquierda, sin un ápice de autocrítica, volvieron a hacer alarde -como siempre- de la superioridad moral que les define y les eleva en cuerpo y alma por encima del resto de los mortales indisciplinados que no secundamos dócilmente su doctrina. Díaz hizo un llamamiento explícito a las fuerzas constitucionales, dando a entender que Vox no lo es, para frenar el auge de la extrema derecha en Andalucía. Ese reclamo quizá hubiera venido mejor cuando su líder decidió despreciar el constitucionalismo, y por ende patear a España, a cambio de recoger las migajas parlamentarias que Rufián e Iglesias iban dejando a su paso. 

España vive una catarsis política resultado del continuo desprecio al que estamos sometidos por una buena parte de la clase política. Andalucía es el termómetro de esa explosión que acontecerá en los próximos tiempos y que reflejará la búsqueda por parte de todos los españoles de una sociedad mejor.