viernes, 8 de junio de 2018

Se abre el telón

Pedro Sánchez tiene ya quien le acompañe durante esta nueva aventura de gobernar un país. Las carteras del nuevo Gobierno socialista están repartidas, y, por primera vez y salvando tres o cuatro patinazos, no me terminan de disgustar; las cosas como son. No voy a dedicar este artículo a presentar a los nuevos nombres del Gobierno de España, pues para eso ya tenemos a los medios de comunicación que han detallado sus respectivas biografías en sus digitales. 

Hechos a sí mismos. Así podríamos definir a la gran mayoría de los ministros de Sánchez. Y es que, a diferencia del Gobierno saliente, las altas esferas de la política española no son hoy políticos de carrera, sino que son personas que se dedican a otros sectores; expertos en una determinada disciplina que han vivido en sus carnes las deficiencias y problemas de los diferentes ámbitos en los que se han pasado la vida trabajando y a los que ahora nos parece que representan. 

Ahora llega la parte mala. Sánchez sabe que su moción de censura fue apoyada por grupos políticos cuya principal y peligrosa inquietud no es otra que la de desestabilizar España. Y no lo digo yo, sino ellos. Una vez que logró convertirse en presidente con dichos apoyos y tras mostrarse durante unas horas ante España como un verdadero traidor, Pedro Sánchez engrasó las ruedas de una maquinaria estudiada al milímetro para, durase lo que durase su legislatura, ponerla a funcionar a todo gas y sacar rédito político de ella de cara a los siguientes comicios. ¿Inteligencia desmedida? Tengo serias dudas. 
El año que viene se celebran elecciones autonómicas, municipales y al Parlamento Europeo; y Sánchez no podía permitirse seguir con la etiqueta de “Tonto del pueblo” pegada en la frente. Decidió hace unos días que era momento de meterse al españolito medio en el bolsillo y lo ha conseguido. ¿Y cómo se le ocurrió? Yo tampoco me lo explico. Supongo que, tras sus reiterados gatillazos políticos, otros miembros de su equipo con más luces habrán tomado las riendas de la estrategia política de un moribundo PSOE para darle forma a un asunto del cual creo y temo que hayan olvidado el fondo, pues este Gobierno no deja haber nacido fruto de un asalto al poder de dudosa calidad moral. 

La conquista de Sánchez ha sido ambiciosa y ha apuntado más allá del clásico votante socialista. El nuevo presidente ha acaparado más público gracias a que estuvo jugando al yoyó durante una jornada llena de incertidumbre, lanzando esperanzadoras noticias para luego recogerlas con otras pésimas; dándonos a los españoles una de cal y otra de arena con cada nombramiento. Por poner un ejemplo, se nos presenta a Borrell en Exteriores; luchador incansable por la unidad de España y uno de los mayores críticos con el separatismo. Un político que se ha ganado en los últimos tiempos el respeto y la gratitud de la mayoría de los españoles que creemos en el cumplimiento de las leyes y en la Constitución. A su lado, Meritxell Batet como Ministra de Política Territorial cuyo fin principal será el de mediar en el conflicto catalán ofreciendo diálogo al racista Quim Torra. Dos pesos incongruentes en una balanza que, espero equivocarme, se inclinará más hacia la negociación con los golpistas. 
Aún así, he de reconocer que, el pasado miércoles, hubo momentos que para mí fueron de lo más gratificantes. Uno de ellos fue el de ver reaccionar melodramáticamente a Arnaldo Otegui, alias La Despechada, tras el nombramiento de Grande-Marlaska, juez que lo procesó no por aparcar mal el coche, sino por terrorista. 

Sánchez sabe que muchos de sus votantes se encuentran a la derecha de lo que él quería, o por lo menos aparentaba querer, que fuera el PSOE bajo su liderazgo. Gran parte de su descontento electorado migró hace meses a Ciudadanos tras ver el flirteo de los socialistas con Podemos. Tras varias citas electorales intentando reconquistar a una izquierda que jamás fue suya, parece ser que Pedro (o alguien cercano a él) ha recibido una dosis de realismo y ha sabido hacer un diagnóstico certero del goteo constante de votos que el PSOE lleva arrastrando durante años. Esta derechización socialista no ha tenido tampoco que sentar muy bien a los de Rivera, que tenían un proyecto de Gobierno similar para España. 

Pero uno de los detalles que más dieron que hablar y que desde el PSOE sabían que más iba a resonar en la prensa durante la jornada del pasado miércoles, fue la supuesta paridad sin precedentes del Gobierno de Sánchez. De las diecisiete carteras, once estarán gestionadas por mujeres. Unas muy válidas para mi gusto, otras, sin embargo, son un cero a la izquierda, políticamente hablando; no me vayan a malinterpretar. Medios de comunicación y redes sociales han aplaudido este gesto como algo extraordinariamente igualitario. Nada más lejos de la realidad. El Gobierno de Sánchez no es paritario, sino profundamente desigual, pues el género ha pesado más que las cualidades a la hora de barajar nombres. La igualdad real pasaría por que tanto este como otro Gobierno que tuviera, por ejemplo, a once hombres y seis mujeres al frente, fuera igual de legítimo siempre y cuando dichos cargos fueran brillantes y sus respectivos nombramientos no se hubieran basado en sus entrepiernas. Pero Sánchez sabía que a golpe de titular conseguiría ingentes cantidades de valoraciones positivas, y por eso decidió, como la mayoría de los que se definen feministas, utilizar a la mujer como un objeto del cual poder sacar algún tipo de beneficio. 


En conclusión, el nuevo Gobierno se puede definir como electoralista. Un teatro vanidoso que ha conquistado a muchos españoles, pero que no tardará en defraudarlos. Muchos de los que lo componen son personas necesarias en las instituciones; sin embargo, este fantasma de ochenta y cuatro diputados no logrará prosperar, debido, entre otras cosas, al bullying que sufrirá en el patio de colegio que es hoy el Parlamento Nacional. 

domingo, 3 de junio de 2018

Pedro Sánchez, el accidente de una noche loca

El líder del PSOE es ya presidente del Gobierno de España. Y no porque lo hayan elegido democráticamente los españoles; su ansiada Moncloa le espera tras una moción de censura promovida por él mismo y que solo pretendía ser el instrumento final para asegurarse pasar el resto de su vida colmado de las bendiciones que otorga el haber presidido el Gobierno, aunque solo haya sido durante un rato. 

Con el apoyo de lo peor de cada casa, la moción de censura ha logrado prosperar y echar a Mariano Rajoy de la Moncloa. Independentistas de todos los colores, radicales de izquierda, así como partidos que han tenido hasta que cambiar de nombre a causa de la vergonzosa corrupción que ha marcado su trayectoria, se citaron para salir a bailar y acabar con un sucio e incómodo revolcón de madrugada que ha dado como resultado el alumbramiento forzado, días después, de un engendro político. 
Durante años, los promotores de la ruptura nacional han estado sobrevolando nuestras instituciones hasta que por fin han encontrado lo que buscaban: la carnaza socialista encabezada por un tonto útil que, gustosamente, les ha abierto la puerta del corazón de nuestro país para despedazarlo.

Ante un atónito Rajoy se vanagloriaba Sánchez de su propio triunfo, que no es más que la victoria momentánea de otros. De suyo, nada. Los grupos parlamentarios que apoyaron la moción han vendido a los medios de comunicación que a todos ellos les movía un objetivo común y necesario: echar a Rajoy. Y no, esa no ha sido ni por asomo la causa principal que ha impulsado el triunfo de la votación. 


Por un lado existen los intereses secesionistas de aquellos que, con su voto, pretenden ser la amante chantajista de Pedro Sánchez, una femme fatale que le arruinará la vida si este no le consiente todos y cada uno de sus caprichos. El flirteo constante y duradero del líder socialista con los nacionalistas vascos y catalanes se ha convertido en un tórrido y acelerado romance a causa del anhelo libidinoso de poder y la testosterona derramada que nubló su visión prácticamente desde que este se inició en política. El objetivo de Sánchez fue claro desde un principio: llegar a la Moncloa costase lo que costase. Lo demás nunca le importó. 
Sabido es que lo que mueve a ERC, PDeCat y EH Bildu entre otros, es mantener el circo nacionalista que tienen montado en sus respectivas comunidades autónomas, manteniendo también a sus corresponsales separatistas en Madrid, como Rufián, ese cutre monologuista de bar de carretera venido a menos que, a golpe de descalificativo, pretende que todos le riamos las gracias en la sede de la soberanía nacional. 
Pedro Sánchez está ya recibiendo las primeras exigencias de Torra, su nuevo socio catalán, que ha descolgado una pancarta en el Palau de la Generalitat pidiendo la libertad de los políticos presos a modo de advertencia. Entre ellos surge una extraña coincidencia. Ambos son presidentes a los que nadie ha votado y miembros de partidos salpicados por escándalos de corrupción que han decidido someterse a las órdenes de un prófugo de la justicia para continuar malversando, esta vez con un predecible consentimiento explícito del Gobierno central, con el dinero de todos. 

Por otro lado se nos presenta la casta progresista liderada por Pablo Iglesias y apuntalada ordinariamente en los platós de televisión por bufones como Juan Carlos Monedero, al que vimos como un gorila chabacano a las puertas de una discoteca poligonera sostener e invadir el espacio vital de una Soraya que no perdió en ningún momento la compostura. Bien, pues ese voto favorable a la moción presentada por el partido que, no olvidemos, se encuentra involucrado en el mayor escándalo de corrupción de la historia de la democracia, no es más que otro intento por hundir a su competencia política original, el PSOE. Desde que irrumpieron en la vida política, Iglesias y los suyos persiguen impetuosos la desestabilización y fractura de los socialistas, cada día más próxima por las constantes caídas sin escarmiento de Sánchez en sus trampas. Desde Podemos no pretenden que esta legislatura sirva para sacar adelante proyectos que ellos creen beneficiosos para España, sino que que el objetivo real pasa por demostrar, con este caramelo envenenado, la ineptitud de Sánchez al intentar sobrellevar una legislatura con 84 diputados. A base de constancia, Iglesias conseguirá que la extrema izquierda lidere la oposición a la derecha en este país. Al tiempo. 

Pedro Sánchez no va a tardar en darse cuenta del gravísimo error que supone tomar el pelo a los españoles, y más concretamente a su electorado. Jamás España ha tenido un gobierno tan anti-español como este, y eso no se olvida. Haber entrado en el aquelarre separatista como un elefante en una cacharrería condenará definitivamente al Partido Socialista Obrero Español al ostracismo político, por desleal y por ambicioso. Aunque dudo que a Sánchez le importe, ya que puedo garantizar que una vez que las urnas (las legales, no nos confundamos) emitan el resultado indiscutible de su traición, el para entonces ex-presidente ya tendrá una suculenta pensión vitalicia y podrá irse a casa a disfrutarla, que es sin duda lo que siempre ha deseado. Caiga quien caiga. 

Muchos lo llaman el renacido, pero Sánchez, desde el mismo momento en el que prometió su cargo ante Felipe VI, se ha inmolado políticamente, convirtiéndose en el accidente de una noche loca que sentenciará a los embaucados y dará fuerza a los embaucadores. 



viernes, 3 de noviembre de 2017

España iba en serio

La legalidad se ha impuesto dentro de la vorágine golpista en Cataluña. La juez Lamela, a día dos de noviembre de dos mil diecisiete, ha dictado un auto en el que por fin se aplica la ley contra los jinetes de un apocalipsis democrática perpetrada y en parte consentida por un Gobierno que durante años ha manejado una respuesta estéril y carente de la contundencia pertinente. Por fin la Justicia los ha frenado. Y con razón. Oriol Junqueras y siete de sus ex consejeros han sido enviados a prisión preventiva sin fianza acusados de presuntos delitos de sedición, rebelión y malversación de caudales públicos. El Estado de derecho se ha hecho esperar, pero al fin ha llegado para quedarse, aunque algunos demócratas de barra de bar hubieran preferido enterrarlo en vida.

Mientras Puigdemont observa con estupor y miedo las imágenes de sus socios detenidos desde el sofá de algún hotel de la capital belga, España se consume entre enfrentamientos en el seno de una sociedad dividida a causa de una doctrina cuyo único fin siempre ha sido el beneficio propio de quienes la han promulgado, pues ni siquiera el desmembramiento de un país como España haría que dejasen de recibir subvenciones públicas que sufragaran sus continuos desvaríos. 
Puigdemont solo quiere salvarse del castigo que le espera por cometer un delito que se ha visto obligado a perpetrar y que jamás ha querido llevar a término. Pero lo hizo, a sabiendas de las consecuencias que sus actos traerían consigo. Sabiéndolo huyó, y ahora se encuentra pidiendo asilo en Bélgica entre sollozos de niño consentido, personificando a ese conocido gorrón al que todos alguna vez hemos padecido, ese que acude a reuniones y celebraciones sin ser avisado, y come y bebe hasta la saciedad para luego, de manera repentina, marchar discretamente sin dejar rastro. Cuando llega la hora de pagar, lo único que queda de él es un mensaje en el teléfono móvil de algún desdichado buenazo seleccionado minuciosamente entre los asistentes, donde dice que se ha ido y que se le ha olvidado abonar su parte de la cuenta, que por favor pague por él y otro día le reembolsará el dinero o le invitará a algo. Pero Puigdemont pagará la cuenta aún queriendo eludirla, y caerá, porque ningún ser humano escapa a su propio destino. Y su destino es, a fin de cuentas, el que él mismo ha escrito.

Desde Bélgica, el ex presidente de la Generalitat ha grabado una declaración en la cual exige la liberación de los ex consejeros detenidos, asemejándose en tono y gestos a otras intimidaciones y amenazas pasadas, esas que tanto hemos sufrido en nuestro país, con la diferencia de que Puigdemont no se cubre la cara, pues toda España la conoce ya. Desde su remota madriguera, insta a los catalanes a seguir peleando por un proyecto que se ha demostrado ilegal, evitando así, a ojos de una sociedad ciega, acarrear ningún tipo de responsabilidad moral en lo que acontezca a partir de este momento. Manifiesta su indignación superflua pretendiendo que otros compartan su sentimiento y ejecuten sus actos. 

Sorprende ver cómo, apenas cinco minutos después del dictamen judicial, los mamporreros oficiales del secesionismo salieron en tromba al escenario tragicómico de las redes sociales y los medios de comunicación con el fin de caricaturizarse a ellos mismos mediante el corrompido, falso y vanidoso teatro de siempre. Y es que, supone una incongruencia que alguien como Iglesias tilde a Junqueras y los suyos de presos políticos mientras apoya detenciones de opositores por parte de otros regímenes que llevan ya unos pocos asesinatos sobre sus espaldas. Presos políticos son aquellos que, pese a haberse batido en las urnas, han sido silenciados a la fuerza y encerrados por un dictador cuya indecencia e inmoralidad desprenden cada día, a ojos de un mundo civilizado, un hedor más pútrido. Uno no puede llamar opositor y demócrata a aquel que señala con el dedo y condiciona la vida de miembros de la sociedad civil por no comulgar con sus ideas delirantes y totalitarias y no caérsele la cara de vergüenza.

Iglesias, la groupie fanática e incondicional de Rufián y Junqueras, se ha embutido en una toga ajena y ha osado cuestionar a una juez que lo único que ha hecho es aplicar la ley y castigar a políticos que hace tiempo decidieron que los derechos y las libertades de los españoles les importaban poco o nada. La dignidad con la que la izquierda española menosprecia ese dictamen judicial no es más que un frágil velo que cubre como puede el indiscreto servilismo que dicho sector ejerce con el nacionalismo más radical, con el que todos sus miembros se sienten plenamente identificados. Y es que los representantes públicos de Podemos y demás grupos nacionalistas siempre tuvieron un objetivo común: romper España para así poder ejercer su mandato inquisitorial sobre una sociedad enfrentada a propósito por ellos mismos. Por eso Iglesias decidió colocarse la cofia estelada, porque pensó que así extraería, de un modo u otro, algún beneficio mediante el vil gesto de avivar dicho enfrentamiento. 

Todos los miembros del equipo mediático de Podemos y afines, incluso aquellos condenados al ostracismo por el tándem Iglesias-Montero, se han apresurado en opinar para no quedarse sin probar bocado del festín envenenado que el ex presidente Puigdemont les ha ofrecido con hipócrita gentileza. Todos tuitean, vociferan improperios, menosprecian y señalan a representantes judiciales mientras reclaman con la boca chica una sesgada separación de poderes sin saber que ésta ya existe, pero que por desgracia no es lo que ellos esperaban. Ellos buscan la independencia judicial mientras los jueces no saquen a relucir la ideología xenófoba que comparten con los nacionalistas. 

España ha reaccionado al fallido apartheid que algunos políticos han intentado instalar en nuestra sociedad. La Justicia ha obrado con suma contundencia, sin complejos y guiada por la Carta Magna, que siempre será lo que prevalezca cuando nuestros derechos peligren. Y me alegro de que así sea. España iba en serio.

jueves, 12 de octubre de 2017

Je suis l'Espagne


En este día de la Hispanidad no se me ocurre mejor forma de expresar el orgullo que siento por ser español que plasmándolo en una carta dirigida a ti, querida España. 

Siglos de historia han pasado, y tus propios hijos siguen intentando derribarte. Algunos para saciar su sed de poder con tu sangre roja y gualda, y otros porque creen que tu grandeza eclipsa la oscuridad de sus corazones. Año tras año te encuentras con españoles que reniegan de sus orígenes y se avergüenzan de ser parte de ti, sangre de tu sangre. Ignorantes que parecen no recordar que tu convulso pasado fue provocado por insensibles como ellos, personas que jamás te amaron y que intentaron por todos los medios hacerte suya y de nadie más. Y no se dan cuenta de que eres de todos y cada uno de los españoles.  
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Tierra de pensadores y poetas, de grandes mentes y bravos espíritus, cuya memoria se encuentra constantemente profanada y prostituida por culpa de bastardos que, aún habiendo tenido el privilegio de vivir bajo tu regazo, hallan en el fondo de su ser algún rencor enquistado que les impide amarte como te mereces. Despiertas sentimientos muy diversos, y por eso algunos te desprecian, porque eres tierra de sensaciones, pasiones y arrebatos. A pesar de ello, tus sólidos cimientos morales han permitido que, a lo largo de tu historia, permanezcas erguida y curando tus heridas con cada amanecer. Heridas que, una vez cicatrizadas, muchos se han esforzado en volver a abrir, pero, extenuados, han acabado muriendo antes que tú. 

Hoy te acechan vendavales de terror, de insolidaridad y de desprecio por parte de desquiciados cuyo único fin, después de vislumbrar la solidez de tus fronteras y la valentía de tus gentes, es el de romperte en mil pedazos, sea como sea, para obtener un poder que no les ha sido otorgado y que no están capacitados moralmente para asumir. No podrán. No podrán porque no son más que otra piedra en el arduo camino de tu historia. No podrán porque tus manos están curtidas en mil batallas que has librado contra los que te han traicionado. No podrán porque en tu seno albergas el alma del ave fénix, capaz de resurgir de sus cenizas tras haber sido quemada por los fuegos del odio. 
La historia se repite, y una vez más el totalitarismo vuelve a mancillar tu tierra. Irrespetuosos que buscan que vuelvas a ser lugar de distanciamiento, represión y enfrentamientos, atreviéndose a explorar senderos ocultos al margen de tus leyes para beneficio propio. 

Tu pueblo responde hoy, día doce de octubre, alzando los brazos en pos de la libertad. Con orgullo decimos que todos somos españoles y que nadie nos impedirá jamás seguir siéndolo. Saldremos a la calle si hace falta, para contrarrestar la presión generada por los que quieren tu desgracia, e infundiremos tus valores allá donde vayamos. Siempre serás el eterno amor de una multitud que dará la espalda a los que te consideran su tortura. 

Con tristeza digo Je suis l’Espagne, titulando así este artículo y solidarizándome con tus males. Pero sé que volverás a brillar pese a todos los intentos por ensombrecerte. Sé que volverás a florecer, y que nunca desfallecerás. No te rindas ante la crueldad ajena, porque solo el que se rinde está derrotado. 

Feliz día, España.


*En memoria del teniente fallecido hoy 12/10/17 en un accidente aéreo en Albacete. DEP. 

lunes, 2 de octubre de 2017

Gracias

España acaba de entrar en una crisis política y social sin precedentes. El 1-O deja abierta la puerta a que, en los próximos días, sea llevada a cabo una declaración unilateral de independencia con la que los secesionistas venían amenazando meses atrás. La política estéril que ha caracterizado durante todo este periodo al Gobierno central con respecto al conflicto catalán deja ahora a los españoles vendidos y desnudos frente a golpistas cuyo único fin es el de violar nuestros derechos y libertades. 

Sorprende mucho ver hacia dónde va dirigida la represalia moral una vez se ha hecho balance (erróneo) de una jornada en la que nuestra democracia ha sido herida de muerte. La crítica principal ha ido encaminada en sentido opuesto. Y es que, en lugar de desenmascarar el discurso ficticio del Gobierno de la Generalitat y exponer ante España y el mundo entero sus indecentes ademanes totalitarios, una buena parte de la opinión pública así como algunos miembros de la comunidad internacional han optado por ensombrecer la excelente labor realizada el 1-O por nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad -entre los que no incluyo ni volveré a incluir jamás a los Mossos d’Esquadra-, estableciendo un juicio de valor cuya sentencia moral deriva indebidamente en un orgulloso enaltecimiento del agresor mediante su victimización mediática. 

Por eso hoy, un día después de consumarse la fractura social tan deseada y perseguida por algunas mentes retorcidas, un ciudadano cualquiera como yo quiere dedicar unas palabras de agradecimiento a los que se dejaron la piel intentando mantener la integridad de nuestro país. 

Es digno de reconocimiento el estoicismo con el que la Policía y la Guardia Civil defendieron los derechos de todos y cada uno de los españoles, incluidos los independentistas que les insultaban, escupían y golpeaban. Bajo las órdenes de la Justicia y siguiendo el mandato de nuestra Constitución, los agentes se desvivieron por preservar intacta la libertad de todos los españoles frente a un referéndum ilegal, esforzándose de manera sobresaliente en defender el prestigio de la Ley, que hace tiempo ya que peligra. Y lo hicieron con firmeza y sin esperar absolutamente nada a cambio, únicamente declarando con sus actos una clara vocación de servicio público. Lo hicieron por todos nosotros. Sí, por todos.  

Agradecerles también su absoluta independencia e imparcialidad, pues no solo los Mossos no ayudaron a frenar el esperpento tiránico del 1-O, sino que dedicaron todos sus esfuerzos en avivar la llama de los más radicales, porque quien calla, otorga. Y los policías autonómicos -si así se les puede llamar- callaron demasiado, contribuyendo interesadamente a medrar el odio visceral que un sector de Cataluña profesa hacia nuestros cuerpos de seguridad y hacia sus compatriotas. Pero pese a la indigencia moral de los Mossos, policías y guardias civiles exhibieron una altura y una honradez propia de héroes a los que poco les importa la cobardía de los que les rodean. Mientras algunos daban la cara en pos de la democracia, los Mossos d’Esquadra se colocaron la medalla del pacifismo y rechazaban con hipocresía la “violencia” ejercida por sus compañeros, consiguiendo una amplia y facilona aceptación de los que apoyan la tiranía siempre que provenga de otras latitudes mientras tildan de fascista a un ciudadano que defiende sus derechos fundamentales en su país. Se hicieron con un club de fans bastante volátil, pues deben de padecer algún tipo de trastorno amnésico que les impide recordar los porrazos repartidos por los Mossos en las acampadas del 15M en la Plaza de Cataluña. 

Es curioso ver cómo el nacionalismo ha vendido su amalgama ideológica ante medios y políticos como un movimiento pacífico y democrático. Nunca lo fue. La violencia no debe ser entendida únicamente como el uso de la fuerza ante aquel que desoye las reiteradas advertencias de la Justicia. La violencia abarca mucho más. O por lo menos, en estas circunstancias, debería hacerlo. Nos dicen que son demócratas y pacíficos los que clasifican a funcionarios, insultan y amenazan a jueces y fiscales e impiden expresarse libremente a líderes de otras formaciones políticas. Y permítanme dudar de que en las almas de los adalides nacionalistas exista un solo ápice de tolerancia cuando les veo fotografiarse abrazados a terroristas mientras desprecian a los compañeros de quienes murieron asesinados por los mismos. Eso, damas y caballeros, es la peor de las violencias. La que no duele físicamente. 

Muchos dirigentes, además de los nacionalistas, se han sumado al carro de la condena a la supuesta represión llevada a cabo por parte de policías y guardias civiles. La izquierda más oportunista no ha dudado en empachar las redes sociales de fotografías maquilladas y falsos bulos para así denigrar a personas que velan también por su seguridad. Es lo fácil. Lo difícil es convencer un padre de que no utilice a su hijo como escudo humano mientras te escupen en la cara. Lo difícil es retirar la mirada al que te desafía. Lo difícil es verse en la impotencia de no poder convencer de que requisas urnas porque esas urnas opacas destrozarán tarde o temprano nuestra democracia. 

Todo esto se podría haber evitado si el Ejecutivo hubiera cogido las riendas de la situación a tiempo, evitando así que los niños fueran adoctrinados en las escuelas, los policías adiestrados y los trabajadores públicos chantajeados.


Hoy solo puedo agradecer enormemente a esas personas que, a sabiendas de que padecerían las represalias de una parte muy ruidosa de la sociedad, lo dieron todo por la libertad. 
Gracias. 

lunes, 3 de abril de 2017

Las dos caras de Cassandra

El mundo parece haber cedido su órbita gravitacional a Cassandra Vera, ese joven transexual condenado a un año de prisión por manifestarse de manera violenta e incitar al odio en las redes sociales. La izquierda española, como no podía ser de otro modo, se ha volcado con Cassandra expresando de manera falsa e hipócrita su anhelo de que algún día, en España, se alcance la plena libertad de expresión. 

Hace ya varias semanas que tuvo lugar la polémica por el autobús que Hazte Oír sacó a la calle para expresar un pensamiento, una idea. Después de sufrir la colérica reacción y la sentencia de un subjetivo y sesgado comisionado moralista, ese autobús ha sido vetado y boicoteado en todas las ciudades por las que ha osado circular. 
Hoy, la conocida incongruencia de la nueva y resabiada izquierda española decide virar radicalmente en sus principios y centrarse en el mediático y enriquecedor -electoralmente hablando- caso de Cassandra Vera, pues el motivo por el cual la han condenado se adapta perfectamente a las exigencias morales que han de regir la mente de todo buen marxista. Las redes, copadas por las embrutecidas opiniones de los fans de las estrellas proletarias, enjuagan sin un atisbo de pulcritud la imagen de Cassandra, aseverando al unísono que solo se trataba de simple humor inocente. Un sentido del humor caduco y rancio que desgraciadamente brotó en su día de la cabeza de un joven enajenado, que, haciendo uso de múltiples obscenidades y desvaríos, buscaba cobijo en el regazo del sector más radical de nuestra sociedad. 

Iglesias y su erudita tropa cainita se han apiadado de la desdichada circunstancia de este post-púber conflictivo, olfateando como sabuesos famélicos la repercusión mediática que dicha situación reportará a sus arcas parlamentarias y de la cual serán beneficiarios directos si la gestionan. Cassandra no les importa lo más mínimo. Me atrevería incluso a decir que Pablo Iglesias ha pensado en darle unos azotes de los suyos por no haber tenido la consideración de haber sido condenada antes de las elecciones del 20-D, pues eso le hubiera permitido llamar la atención de los medios de comunicación en un momento en el cual se vaticinaba un modesto resultado electoral que prohibiría a los jinetes morados del apocalipsis social asaltar los cielos. 

Cassandra, ese ser que se dice damnificado y condenado de por vida por la tansfóbica Justicia española, toma el testigo estéril de la lucha por la libertad de expresión y en contra de las mordazas mientras publica a tiempo real en su cuenta de Twitter un reproche contra Carlos Alsina por haberle formulado una simple pregunta. Quejándose del trato recibido por parte del periodista, que no tuvo la delicadeza de recibirla entre halagos ni bendiciones, la tuitera trans ventiló sus contradicciones y hundió en pocas palabras ese resquicio de libertad que, según ella, queda en España. 
Cassandra peca, como todos sus afines, del ejercicio de esa doble moral retrógrada al blasfemar acerca de lo que debería ser la libertad. Ella cae en el error de creer que la libertad de expresión ha de mantenerse únicamente dentro de la linde ideológica que establezcan los que la asesoran en su lucha. Su indignación y la de sus compadres viene impregnada de un sentimiento que por sí solo se delata. Todos ellos manifiestan indirectamente su deseo de que exista una moral escalonada bajo la cual los mismos actos se juzguen en función del color de piel, la ideología o el sexo del que los acometa. 
Cassandra Vera se ha convertido en otro de los tantos émulos de aquellos que untan con sentimientos de odio los cerebros ajenos. Eso nos debería hacer ver que lo verdaderamente dramático de la situación de Cassandra no es su condena judicial, sino el ser con 22 años presa de un pensamiento absolutista que marcará una cadencia rencorosa y repleta de odio el resto de su vida.

Pronto asistiremos a un desequilibrio ideológico en el cual la libertad de expresión será cercada por gruesos muros ideológicos que pondrán límites a cada palabra y a cada gesto, fijando un umbral de libertad en base a un profundo sesgo moral. Pronto, desear la muerte de un político o una figura pública no afín a lo moralmente establecido será libertad de expresión, mientras que bromear acerca de la voz masculinizada de Cassandra Vera se convertirá en un delito de odio. Pronto, las tumbas de numerosas víctimas de masacres terroristas podrán ser profanadas con impunidad, pero a una profesora de primaria no se le permitirá decir a sus alumnos que el aparato genital masculino se compone de pene y testículos. Amancio Ortega será considerado un terrorista mientras se permitirá portar explosivos en una manifestación, siempre y cuando ésta sea ideológicamente afín al régimen de opresión que sin duda volverá, después de más cuarenta años enterrado, pero esta vez de la mano de los que se dicen contrarios al mismo. 


jueves, 2 de marzo de 2017

Los tiranos se visten de progres

Que los hombres tienen pene y las mujeres tienen vulva es una afirmación redundante y, a mi parecer, falta de contenido secundario que dé pie a la malinterpretación. Es una afirmación científicamente correcta e irrefutable. Esta obviedad ha llevado nada menos que a inmovilizar un autobús publicitario que circulaba por las calles de Madrid. Bajo una multitud de insultos y amenazas, los impulsores de dicho acto han sido amordazados y condenados por los impostores componentes de un compartimento social agresivo y alborotador.

La libertad de expresión se aleja cada vez más de la realidad social que nos rodea. Los que defienden a capa y espada la diversidad sexual y la igualdad se encuentran en una disparatada coyuntura que concede un creciente componente absurdo a su emancipador discurso, pues sus hegemónicas convicciones han alcanzado un punto de no retorno al no poder ser cuestionadas por nadie que piense distinto. Y esas convicciones provienen nada menos que de una ideología basada en la tiranización de lo que un día fue una lucha digna y razonable. 

El colectivo LGTBI se encuentra perdido en un mar de contradicciones. Los que en su día se armaron de valentía y agarraron vigorosamente el timón que les conduciría hacia la libertad, lograron dignificar la diversidad sexual sin exabruptos ni imposiciones. Hoy ese colectivo, dotado de una merecida y anhelada libertad para decir y hacer, ha virado en forma y contenido, convirtiéndose en  impulsor de una doctrina que, según muchos de sus componentes, ha de ser no solo respetada, sino también compartida y practicada por el resto de los mortales. El simple hecho de saber sumar es un hándicap para poder afirmar con certeza que dos y dos son cuatro. El resultado deja de ser cuatro si lo dice un matemático. 

La incongruencia del discurso inquisitorio de los que quemarían el autobús publicitario de Hazte Oír no deja de ser una más de otras tantas dentro del repertorio discográfico de la izquierda absolutista. Que se lo digan si no a los dibujantes del semanario satírico Charlie Hebdo, a los que unos fundamentalistas islámicos castigaron con la muerte por caricaturizar a su profeta. Recuerdo que, tras varios días de letargo, la guerrilla de los activistas de salón salió a su medio natural, las redes sociales, a mencionar de una manera sutil pero a la vez indiscreta el casi merecido castigo que les fue impuesto a unos dibujantes por parte de dos hijos de puta en nombre de Alá sabe qué. Lo merecían, pues, según algunos, habían ofendido a miles de personas que tenían un determinado sentimiento religioso. Muchos de los que en su día aproximaron el atentado terrorista a la justificación moral pertinente, decidieron hace pocos días que la 'drag queen' crucificada de las Palmas había practicado un espectáculo que debía ser, gustase o no, digno de aplauso. ¿Por qué? Porque así lo dictamina la sentenciadora mano que mece la cuna del igualitarismo discriminatorio. Así, cegados por su ego sobrehumano, los tiranos igualitarios pasaron por encima de millones de sentimientos y escupieron sobre los que, de manera respetuosa, lucharán como mucho en los tribunales lo que, bajo su criterio, consideran una ofensa. Y a mi parecer no deberían, pues el espectáculo de la gala goza de la misma legitimidad que el autobús de Hazte Oír.

Y lo peor de todo es que la clase política de nuestro país al completo se ha sometido a la esclavitud anacrónica que pretende llevar a cabo el lobby LGTBI, porque obviamente nadie va a defender la libertad, venga de donde venga, si ello no conlleva un sustancial beneficio electoral ni se acompaña del clamor popular. Nuestra sociedad se encuentra en la senda del más absoluto desastre cuando sus componentes interpretan la libertad como algo parcial y demodé. Y si no, vean a Cristina Cifuentes, supuesta abanderada del pensamiento liberal, que, bajo la atónita mirada de sus votantes demócratas, ha decidido tomar partido y denunciar el supuesto delito de odio que supone una campaña publicitaria más o menos acertada, según cómo se mire, igual de lícita que las que vemos a diario en las calles de nuestras ciudades. 
Más allá va la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Sí, la promotora del Padrenuestro blasfemo multará al autobús si se atreve a pisar su feudo ideológico. 
La parcialidad de nuestra clase política en lo que a libertades se refiere resulta ya escandalosa y denigrante.


Una sociedad ideal sería aquella en la cual la diversidad de opinión no fuera un problema siempre y cuando no coartase la libertad de ninguno de sus componentes. Ideal sería aceptar las diversas campañas sociales siempre que no fueran sufragadas arbitrariamente por el gobernante de turno para hacer de ellas una moneda de cambio de cara a futuros apoyos. Ejemplar sería no imponer ningún criterio moral en materia de género. Enriquecedor sería poder expresarse libremente y con respeto sin que un alcalde amenace con sacarse una ordenanza de la chistera para multar a aquellos que deseen hacerlo. 

Desgraciadamente, el progreso hacia la libertad se halla anclado en mitad de la nada por quienes ejercen el revanchismo pretendiendo alcanzar un extremo casi equivalente al que un día rechazaron.