lunes, 3 de abril de 2017

Las dos caras de Cassandra

El mundo parece haber cedido su órbita gravitacional a Cassandra Vera, ese joven transexual condenado a un año de prisión por manifestarse de manera violenta e incitar al odio en las redes sociales. La izquierda española, como no podía ser de otro modo, se ha volcado con Cassandra expresando de manera falsa e hipócrita su anhelo de que algún día, en España, se alcance la plena libertad de expresión. 

Hace ya varias semanas que tuvo lugar la polémica por el autobús que Hazte Oír sacó a la calle para expresar un pensamiento, una idea. Después de sufrir la colérica reacción y la sentencia de un subjetivo y sesgado comisionado moralista, ese autobús ha sido vetado y boicoteado en todas las ciudades por las que ha osado circular. 
Hoy, la conocida incongruencia de la nueva y resabiada izquierda española decide virar radicalmente en sus principios y centrarse en el mediático y enriquecedor -electoralmente hablando- caso de Cassandra Vera, pues el motivo por el cual la han condenado se adapta perfectamente a las exigencias morales que han de regir la mente de todo buen marxista. Las redes, copadas por las embrutecidas opiniones de los fans de las estrellas proletarias, enjuagan sin un atisbo de pulcritud la imagen de Cassandra, aseverando al unísono que solo se trataba de simple humor inocente. Un sentido del humor caduco y rancio que desgraciadamente brotó en su día de la cabeza de un joven enajenado, que, haciendo uso de múltiples obscenidades y desvaríos, buscaba cobijo en el regazo del sector más radical de nuestra sociedad. 

Iglesias y su erudita tropa cainita se han apiadado de la desdichada circunstancia de este post-púber conflictivo, olfateando como sabuesos famélicos la repercusión mediática que dicha situación reportará a sus arcas parlamentarias y de la cual serán beneficiarios directos si la gestionan. Cassandra no les importa lo más mínimo. Me atrevería incluso a decir que Pablo Iglesias ha pensado en darle unos azotes de los suyos por no haber tenido la consideración de haber sido condenada antes de las elecciones del 20-D, pues eso le hubiera permitido llamar la atención de los medios de comunicación en un momento en el cual se vaticinaba un modesto resultado electoral que prohibiría a los jinetes morados del apocalipsis social asaltar los cielos. 

Cassandra, ese ser que se dice damnificado y condenado de por vida por la tansfóbica Justicia española, toma el testigo estéril de la lucha por la libertad de expresión y en contra de las mordazas mientras publica a tiempo real en su cuenta de Twitter un reproche contra Carlos Alsina por haberle formulado una simple pregunta. Quejándose del trato recibido por parte del periodista, que no tuvo la delicadeza de recibirla entre halagos ni bendiciones, la tuitera trans ventiló sus contradicciones y hundió en pocas palabras ese resquicio de libertad que, según ella, queda en España. 
Cassandra peca, como todos sus afines, del ejercicio de esa doble moral retrógrada al blasfemar acerca de lo que debería ser la libertad. Ella cae en el error de creer que la libertad de expresión ha de mantenerse únicamente dentro de la linde ideológica que establezcan los que la asesoran en su lucha. Su indignación y la de sus compadres viene impregnada de un sentimiento que por sí solo se delata. Todos ellos manifiestan indirectamente su deseo de que exista una moral escalonada bajo la cual los mismos actos se juzguen en función del color de piel, la ideología o el sexo del que los acometa. 
Cassandra Vera se ha convertido en otro de los tantos émulos de aquellos que untan con sentimientos de odio los cerebros ajenos. Eso nos debería hacer ver que lo verdaderamente dramático de la situación de Cassandra no es su condena judicial, sino el ser con 22 años presa de un pensamiento absolutista que marcará una cadencia rencorosa y repleta de odio el resto de su vida.

Pronto asistiremos a un desequilibrio ideológico en el cual la libertad de expresión será cercada por gruesos muros ideológicos que pondrán límites a cada palabra y a cada gesto, fijando un umbral de libertad en base a un profundo sesgo moral. Pronto, desear la muerte de un político o una figura pública no afín a lo moralmente establecido será libertad de expresión, mientras que bromear acerca de la voz masculinizada de Cassandra Vera se convertirá en un delito de odio. Pronto, las tumbas de numerosas víctimas de masacres terroristas podrán ser profanadas con impunidad, pero a una profesora de primaria no se le permitirá decir a sus alumnos que el aparato genital masculino se compone de pene y testículos. Amancio Ortega será considerado un terrorista mientras se permitirá portar explosivos en una manifestación, siempre y cuando ésta sea ideológicamente afín al régimen de opresión que sin duda volverá, después de más cuarenta años enterrado, pero esta vez de la mano de los que se dicen contrarios al mismo. 


jueves, 2 de marzo de 2017

Los tiranos se visten de progres

Que los hombres tienen pene y las mujeres tienen vulva es una afirmación redundante y, a mi parecer, falta de contenido secundario que dé pie a la malinterpretación. Es una afirmación científicamente correcta e irrefutable. Esta obviedad ha llevado nada menos que a inmovilizar un autobús publicitario que circulaba por las calles de Madrid. Bajo una multitud de insultos y amenazas, los impulsores de dicho acto han sido amordazados y condenados por los impostores componentes de un compartimento social agresivo y alborotador.

La libertad de expresión se aleja cada vez más de la realidad social que nos rodea. Los que defienden a capa y espada la diversidad sexual y la igualdad se encuentran en una disparatada coyuntura que concede un creciente componente absurdo a su emancipador discurso, pues sus hegemónicas convicciones han alcanzado un punto de no retorno al no poder ser cuestionadas por nadie que piense distinto. Y esas convicciones provienen nada menos que de una ideología basada en la tiranización de lo que un día fue una lucha digna y razonable. 

El colectivo LGTBI se encuentra perdido en un mar de contradicciones. Los que en su día se armaron de valentía y agarraron vigorosamente el timón que les conduciría hacia la libertad, lograron dignificar la diversidad sexual sin exabruptos ni imposiciones. Hoy ese colectivo, dotado de una merecida y anhelada libertad para decir y hacer, ha virado en forma y contenido, convirtiéndose en  impulsor de una doctrina que, según muchos de sus componentes, ha de ser no solo respetada, sino también compartida y practicada por el resto de los mortales. El simple hecho de saber sumar es un hándicap para poder afirmar con certeza que dos y dos son cuatro. El resultado deja de ser cuatro si lo dice un matemático. 

La incongruencia del discurso inquisitorio de los que quemarían el autobús publicitario de Hazte Oír no deja de ser una más de otras tantas dentro del repertorio discográfico de la izquierda absolutista. Que se lo digan si no a los dibujantes del semanario satírico Charlie Hebdo, a los que unos fundamentalistas islámicos castigaron con la muerte por caricaturizar a su profeta. Recuerdo que, tras varios días de letargo, la guerrilla de los activistas de salón salió a su medio natural, las redes sociales, a mencionar de una manera sutil pero a la vez indiscreta el casi merecido castigo que les fue impuesto a unos dibujantes por parte de dos hijos de puta en nombre de Alá sabe qué. Lo merecían, pues, según algunos, habían ofendido a miles de personas que tenían un determinado sentimiento religioso. Muchos de los que en su día aproximaron el atentado terrorista a la justificación moral pertinente, decidieron hace pocos días que la 'drag queen' crucificada de las Palmas había practicado un espectáculo que debía ser, gustase o no, digno de aplauso. ¿Por qué? Porque así lo dictamina la sentenciadora mano que mece la cuna del igualitarismo discriminatorio. Así, cegados por su ego sobrehumano, los tiranos igualitarios pasaron por encima de millones de sentimientos y escupieron sobre los que, de manera respetuosa, lucharán como mucho en los tribunales lo que, bajo su criterio, consideran una ofensa. Y a mi parecer no deberían, pues el espectáculo de la gala goza de la misma legitimidad que el autobús de Hazte Oír.

Y lo peor de todo es que la clase política de nuestro país al completo se ha sometido a la esclavitud anacrónica que pretende llevar a cabo el lobby LGTBI, porque obviamente nadie va a defender la libertad, venga de donde venga, si ello no conlleva un sustancial beneficio electoral ni se acompaña del clamor popular. Nuestra sociedad se encuentra en la senda del más absoluto desastre cuando sus componentes interpretan la libertad como algo parcial y demodé. Y si no, vean a Cristina Cifuentes, supuesta abanderada del pensamiento liberal, que, bajo la atónita mirada de sus votantes demócratas, ha decidido tomar partido y denunciar el supuesto delito de odio que supone una campaña publicitaria más o menos acertada, según cómo se mire, igual de lícita que las que vemos a diario en las calles de nuestras ciudades. 
Más allá va la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Sí, la promotora del Padrenuestro blasfemo multará al autobús si se atreve a pisar su feudo ideológico. 
La parcialidad de nuestra clase política en lo que a libertades se refiere resulta ya escandalosa y denigrante.


Una sociedad ideal sería aquella en la cual la diversidad de opinión no fuera un problema siempre y cuando no coartase la libertad de ninguno de sus componentes. Ideal sería aceptar las diversas campañas sociales siempre que no fueran sufragadas arbitrariamente por el gobernante de turno para hacer de ellas una moneda de cambio de cara a futuros apoyos. Ejemplar sería no imponer ningún criterio moral en materia de género. Enriquecedor sería poder expresarse libremente y con respeto sin que un alcalde amenace con sacarse una ordenanza de la chistera para multar a aquellos que deseen hacerlo. 

Desgraciadamente, el progreso hacia la libertad se halla anclado en mitad de la nada por quienes ejercen el revanchismo pretendiendo alcanzar un extremo casi equivalente al que un día rechazaron. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Carta a una usuaria de Urgencias

Durante la mañana del pasado martes, mientras tomaba mi café diario a las siete menos cuarto de la mañana antes de ir trabajar a un hospital que afortunadamente no está gestionado por usted, leí “Urgencias”, la Carta al Director que por error le debieron publicar en el diario El Norte de Castilla. O eso quiero creer. 
Soy una de esas personas a las que su escrito tilda de inexpertas e irresponsables por el simple hecho de ser jóvenes y ejercer como médicos. Me he dado por aludido con su carta, y por ello me dispongo a contestarle con otra.  

Para empezar, le diré que la juventud no es -ni ha de ser jamás- criterio de exclusión para trabajar en un hospital. Todos, incluida usted, que ni sé a lo que se dedica ni me interesa, gozamos en algún momento de nuestra vida de esa edad en la cual comenzamos nuestra andadura por el mundo laboral. Y no es fácil, a la vista está. Las dos chicas a las que usted desprecia, esas dos “con pinta de estudiantes de MIR”, se encuentran, al igual que yo, en ese punto de partida tras haber superado un largo y arduo recorrido académico para estar al servicio de personas como usted, que, por el simple hecho de ser jóvenes, las miran por encima del hombro escondiendo tras un grueso tapiz de prepotencia sus más que merecidas capacidades. Y lo peor es que esas dos jóvenes doctoras han de aguantar estoicamente su menosprecio tras casi veinticuatro horas de trabajo sin descanso. Desgraciadamente, en la sociedad en la que vivimos se ha normalizado el hecho de que un médico tenga que soportar las mezquindades de un determinado sector de la población que, malhumorado, ensombrece sus méritos y arrebata la poca dignidad que le queda a una de las profesiones más bonitas del mundo. 

Por otro lado, he de decirle que la ignorancia que exhibe sin pudor ni vergüenza en su carta hace de usted una persona carente de rigor y moral. El sistema sanitario ha hecho posible, pese a las adversidades que lo acechan constantemente, que esté dentro de una lista de espera con vistas a ser intervenida de la patología que padece.
Es cómico ver cómo en su carta usted ya plantea, con una arrogancia digna de aplauso, una línea de tratamiento sin ni siquiera otorgar el beneficio de la duda a esa supuesta actuación que, según su distorsionada percepción y su afán de protagonismo, se debería seguir. 

Usted se encuentra diagnosticada y a la espera de recibir un tratamiento definitivo para una patología que parece ser crónica. Me atrevería incluso a decir que ya tiene recetado y pautado un tratamiento de rescate analgésico para los momentos en los cuales el dolor aumenta en intensidad y duración. Debería alegrarse de no haber tenido que ser vista por un psiquiatra o un neurólogo de manera urgente, pues eso indicaría que lo que usted padeció obedecía a un sustrato patológico grave, como un ictus o una descompensación psiquiátrica. No, señora mía, su achaque no cumplía ningún criterio para ser atendido ni por Psiquiatría ni por Neurología. Ni siquiera tenía carácter urgente. Aún así, dos personas la atendieron, la interrogaron y le hicieron una historia clínica a pesar del gasto -y desgaste- que supone atender de madrugada una patología que debería haber sido atendida de manera reglada por su médico de cabecera. 
Pese a todo, cuando vuelva a acudir a un servicio de Urgencias, nadie la juzgará por lo que dijo, sino que otros “inexpertos” emplearán toda su ciencia, conocimiento y arte en prestarle la atención que necesite en ese momento. 

Realmente no la puedo culpar de esa carta, pues es usted la consecuencia directa de la falta absoluta de educación sanitaria que existe en nuestra sociedad. Ese déficit la convierte a usted en una atroz demandante, sin ser consciente del tesoro que tiene entre manos, pues si realmente lo fuera, su malintencionada carta jamás hubiera existido. Ese tesoro peligra cada día, en parte por personas que abusan de él aprovechándose de sus bondades a su antojo. No funciona así.

viernes, 27 de enero de 2017

El brote psicótico de Santi Vidal

“Tenim les vostres dades de manera il·legal”. Con esta frase pronunciada por el juez y ahora senador de ERC Santiago Vidal, abre el diario El País una noticia. En un ciclo de conferencias organizadas por Esquerra, donde se explicaba cómo se está gestando y cómo será la utópica república catalana, el representante de ERC ha dejado entrever que el golpe mortal que algunos pretenden dar a nuestra Constitución está más cerca de lo que el resto de España piensa. 

Son demasiadas las amenazas que, por parte del colectivo rupturista, recaen continuamente sobre la sociedad civil poniendo en entredicho nuestra libertad. Los delirios de Puigdemont, Mas, Junqueras y otros recaderos absolutistas del nacionalismo, han terminado por materializarse en actos y hechos que, de ser ciertos, supondrían el inicio del fin de nuestra democracia. No habrá un desenlace alternativo para España si el Gobierno no actúa y continúa extraviado por la senda del estatismo, negociando y reuniéndose con los que, según Vidal, han conseguido recabar los datos fiscales de todos los catalanes de manera completamente ilegal. Esos amagos golpistas han cuajado, conformando una masa pastosa e inapetente de cegados ignorantes que no son capaces de vislumbrar la gravedad de la situación que tienen delante. Me refiero por supuesto a los miembros de nuestro Gobierno, que no han sabido -o no han querido- reaccionar con contundencia ante el desafío separatista. Mientras Sáenz de Santamaría se reunía con Junqueras y ambos hacían alarde de una sintonía política inusual e hipócrita, los súbditos del “pruces” se encargaban de gangrenar demagógicamente nuestra democracia, gestando y ejecutando sus planes xenófobos e intolerantes. Era de esperar, pues la única muestra de sinceridad que ha dado el Gobierno de la Generalitat hasta la fecha, ha sido su intencionalidad de ignorar y hostigar la libertad y los derechos del resto de los españoles. 

Para Puigdemont y compañía no ha debido ser difícil trazar una hoja de ruta al margen de la legalidad, accediendo a información clasificada, tanto de los catalanes que les votaron como de los que no, pues, como hemos podido ver durante años, la canallada del golpismo ha sido aupada y consentida por una larga lista de dirigentes políticos. Podríamos enumerar, dando los nombres y apellidos de esos permisivos dirigentes, empezando por los del Partido Popular, que sigue creyendo encabezar la lucha contra el nacionalismo, y, pasando por los desorientados socialistas, terminaríamos esta lista de cómplices separatistas con los comunistas del “todo vale” liderados por Pablo Iglesias, ese engendro político que nos ha demostrado en numerosas ocasiones que por un voto vende hasta sus impúdicos principios marxistas. 

El folclore separatista lleva años desangrando descaradamente nuestros valores democráticos. Su discurso caduco y hostil ha taladrado hasta tal punto los oídos de la sociedad civil que, al final, la gran mayoría de la misma ha acabado normalizando una situación que nada tiene de ordinaria. Los separatistas siempre han estado ahí al fin y al cabo, en su rincón, intentando llamar la atención de las altas esferas de la comunidad internacional y cosechando estrepitosos fracasos. El último fiasco, sin ir más lejos, fue la conferencia de Puigdemont en Bruselas, a la que la mayoría de eurodiputados decidieron no asistir, quizá porque lo único soberano que habitaba la sala era la pereza que suscitaban los asistentes a la charla. Esa fue una de las numerosas incursiones quijotescas que el President, siempre acompañado de su Sancho Panza, Oriol Junqueras, protagonizan cada cierto tiempo, perdiendo el contacto con la realidad que les rodea. 

Mis sentimientos se encuentran ahora enfrentados. Basándome en los precedentes de la corrupta y enajenada casta separatista, no sé si debo mostrar mi preocupación por las palabras de Santiago Vidal, o, si por el contrario, debo soltar una carcajada manchada de penumbra por un hombre que, sin quererlo, ha perdido toda capacidad propioceptiva y se ve a sí mismo dueño y señor de un poder que ansía pero no controla. 

Hoy tocamos con la punta de los dedos lo que a muchos les parecía una fanfarronería quimérica. Asistimos al inicio de nuevos tiempos que podrán culminar con las cenizas de nuestra democracia o con el fortalecimiento de una sociedad libre y fraternal. Mientras sigamos permitiendo la permanencia en las instituciones de políticos como Santiago Vidal, que aseguran de manera explícita ser cómplices de un delito, nuestros valores seguirán enquistados a merced de unos pocos y bajo la amenaza constante del totalitarismo. 
Nuestra clase política es el reflejo de nuestra sociedad, que pide a gritos que la ley impere por encima de todo. Esa petición ha de ser la que arme de valor de una vez por todas a nuestros representantes para, con decisión, defender el interés general. 


Mientras sigamos escondidos, otros nos buscarán para someternos. Un pueblo subyugado es un pueblo atemorizado. No dejemos que el miedo destruya lo que otros levantaron con valentía y esfuerzo. 

lunes, 2 de enero de 2017

La Europa del miedo

Amargura en este comienzo de año. Durante la madrugada del 1 de enero de 2017, un atentado terrorista se cobró la vida de al menos 39 personas en una conocida discoteca de Estambul, todo ello a pesar de que Turquía había adoptado unas excepcionales medidas de seguridad de cara a estas fechas. Turquía ha cerrado así un año ensombrecido por atentados que, sin lugar a dudas, pasarán una costosa factura al futuro económico y social del país. Mientras, en Europa, intentamos protegernos frente a esta barbarie de una forma pasiva e hipócrita.

Occidente no sufre ya una amenaza. Nuestra sociedad y nuestros valores se encuentran heridos de gravedad y están desangrándose poco a poco a causa de la vivificación de lo que, hasta hace relativamente poco tiempo, a algunos les parecía un incordio residual. Nuestra incultura nos torna ciegos. Así, como borregos, portamos pancartas por la paz y parimos de forma dantesca pusilánimes hastags, adentrándonos inconscientemente en un escenario del que difícilmente podremos escapar. Sorprende ver cómo las capitales europeas se han blindado durante estas fiestas para evitar masacres como las que acontecen cada cierto tiempo en el seno de nuestra civilización. En Colonia, sin ir más lejos, la presencia policial y el miedo han conseguido evaporar una de sus fiestas más populares, y la ciudad ha recibido el nuevo año con menos libertad y más pánico. Y todo ello para que no se repitiera la catástrofe de la pasada Nochevieja, en la cual cientos de personas denunciaron que habían sido víctimas de agresiones sexuales y robos, muchos de los cuales habían sido perpetrados por refugiados. Así, para evitar la mala prensa, las grandes ciudades de Europa decidieron protegerse con el fin de no ser atacadas de nuevo. Sin embargo, proteger nuestra sociedad no significa defender su cultura y sus valores. 

Lo que parece no entender esta sociedad cada vez más idiotizada por el sectario bombardeo mediático progresista, es que la fraudulenta protección que dicen ejercer nuestros mansos Gobiernos lleva implícita la colocación de una discreta mordaza sobre un pueblo cada vez más cebado ideológicamente por ese mantra que, insistente, repite eso de "Refugees welcome”, impidiéndole así hacer un análisis sobre la relación que pueda existir entre la masificada acogida de refugiados y el incremento del terrorismo en Occidente. 

Quizá todo esto solo se trate de una ceguera selectiva fomentada por los que vislumbran claramente la realidad pero prefieren ocultarla con el fin de mostrar al mundo una excéntrica y distante imagen de solidaridad, que, en la proximidad, desprende el característico hedor pútrido a poder corrompido. Desgraciadamente, las televisiones afines esa hipocresía introducen en sus programaciones horas y horas de análisis político superficial pero bien expresado por los que saben ganarse a la audiencia y a las redes con sensuales lemas populistas. El contacto estrecho y realista con la verdadera problemática se pierde cuando estos individuos, amantes de regímenes xenófobos y racistas, copan la parrilla televisiva al completo para desvirtuar sus propias convicciones. Animales mediáticos que no dudan en tachar de racista a alguien por expresar su legítima opinión, mandándolo al desagüe infecto de las redes sociales organizadas. 

El problema que conlleva la transgresión mediática de ciertos personajes públicos no es únicamente el sesgo ideológico que introducen en la mente de la sociedad civil, sino que, además de violar nuestra identidad, amedrentan a ciertos mandatarios cuyo mayor temor es la opinión pública. Fruto de esa cobardía, nace pues la deserción ideológica de quienes fueron elegidos en función de sus valores para velar por el interés de su patria.
Pero los políticos españoles no son los únicos que se han arrodillado frente al esperpento de la nueva casta progresista. En los países más importantes de la Unión Europea es evidente la continua subida que experimentan los partidos rupturistas, pues muchos ven a Europa como una amalgama de Estados vacía de contenido político que ha fracasado en entendimiento y cinética sincronizada.

Remarcar que ISIS ha reivindicado la autoría de la masacre de Estambul. Una más de una cuantiosa lista. Existen políticos y ciudadanos que, con un pensamiento simplista y abotargado, siguen sentenciando con suma ignorancia a los países que combaten el fundamentalismo. Defienden de manera incoherente a estos grupos, que consideran a la mujer como un deshecho social, mientras canturrean a favor de la supuesta libertad de la que despojan a Cristina Pedroche cuando aparece en antena vestida como a ella le place. 

Europa nació como un gran proyecto que merece ser remodelado en profundidad para no acabar, por nuestra propia tozudez, perdiendo todo por lo que lucharon durante siglos nuestros antepasados. Nuestra libertad no deja de ser nuestro mayor tesoro; no dejemos que nos arrebaten la palabra y la enorme suerte de vivir según nuestras propias convicciones. 

domingo, 1 de enero de 2017

Tercera vez

  
Llegó el 2017, y con él las Campanadas, las uvas, el cava y, cómo no, el vestido de Cristina Pedroche. Por tercer año consecutivo, la comunidad tuitera, poseedora como siempre de toda supremacía moral, vertía miles de comentarios ofensivos refiriéndose al atuendo que portó ayer la presentadora de las Campanadas de Antena 3. Resulta curioso que esos haters de la libertad pasen de sermonear de manera soporífera sus autoritarias leyes feministas, a expandir mediante sus comentarios un sentimiento machista hace ya tiempo olvidado por la mayor parte de la sociedad civil.

Cristina Pedroche lució ayer, como de costumbre, un vestido peculiar que dio que hablar en todos los hogares españoles que sintonizaron Antena 3, aunque solo fuera para ver el modelo que portaba la colaboradora de televisión. Ayer, la presentadora no solo fue la libre mujer que vistió un vestido que se salía de los hipócritas cánones feministas, sino que también pudimos comprobar que es la persona satisfecha que ha ejercido la libertad de la que solo ella se ha hecho plena merecedora con sus actos.

En la sociedad en la que vivimos, donde el primer día del año ha muerto una mujer a causa de la violencia de género, resulta paradójico que la voluntad de una mujer libre se vea menoscabada y ensartada por críticas destructivas y sin fundamento alguno. Aquellos que, haciendo un llamamiento al feminismo, la repudiaron, se sentían en realidad frustrados por no ser dueños de su cuerpo y de su mente. Sin embargo, necesitaban un pretexto que les permitiera descargar su ira sin hacerlo directamente sobre la popular presentadora. Recurrieron pues a su monótona regurgitación de bilis hacia las grandes empresas pese a que ayer, con la ayuda de un Gintonic bien cargado, podrían haber brotado comentarios algo más ingeniosos. Acusando a la empresa audiovisual de obligar a la presentadora a vestir de ese modo, hablan de una falta de escrúpulos y de la cosificación de la mujer sin ni siquiera pararse a pensar ni por un momento que Cristina Pedroche decidiera voluntariamente cuál sería el modelo que iba a lucir.

Algunos han decidido ser más sutiles, y, criticando a los medios de comunicación que, con sus crónicas, describen cada año los vestidos de las diferentes presentadoras de una noche de gala, delatan sus deseos de acabar con la libertad de prensa mientras dicen lo contrario, vertiendo toscos juicios de valor sobre cómo hemos de seguir como borregos una determinada norma que a ellos les gustaría imponer a la fuerza. Se preguntan con tono voluptuoso por qué el atuendo masculino no copa los titulares de la prensa del primer día del año, pero, si nos retrotraemos a la Nochevieja de 2015, podemos recordar cómo Pelayo Díaz, cuando presentó junto a sus compañeras de Cámbiame las Campanadas de Telecinco, monopolizó gran parte de la prensa y de las redes sociales. Hizo su aparición vestido únicamente con ropa interior de color rojo, y se convirtió en trending topic igual que Cristina Pedroche y muchos otros personajes públicos que deciden saltarse unas supuestas directrices sociales para así expresar su absoluta libertad. Lo surrealista es, aunque suene disparatado, que toda esta polémica está generada por la comunidad que se dice defensora de los derechos y las libertades de la mujer. Todo este circo está gestado por aquellos que utilizan con mezquinos fines lucrativos el hastag #NiUnaMenos cada vez que la violencia de género vuelve a ensombrecer nuestros días.

Algunos políticos critican la repercusión de este tipo de emisiones nada menos que por la inquina que les genera todo lo que escape a su dominio moral. Son los mismos que en su día orquestaron la primera aparición televisiva del hijo de Carolina Bescansa al milímetro. Así mostrarían a toda España lo importante que es la conciliación familiar, siempre y cuando se tenga a una niñera detrás para que cuide del niño cuando el conato de demagogia acabe, por supuesto.

El año 2017 ha empezado con un sabor amargo a causa del trágico suceso de una víctima más de la violencia de género. No hemos de dejar que la opresión se instaure en nuestra sociedad. El rechazo a la violencia se manifiesta desde todos los ámbitos y de muchas maneras, siempre manteniendo la unión para generar eficacia. Lo que hemos vivido por tercer año consecutivo, es contraproducente. No busquemos pues a los culpables de un suceso que ni siquiera ha existido, pues Cristina Pedroche no fue ni presionada ni engañada para lucir ese vestido. No coincido ideológicamente con Cristina Pedroche, pero ayer "pecó" -según dicen algunos feministas de salón- de ser una mujer libre. Y eso fue, una mujer libre. Nada que decir.

martes, 6 de diciembre de 2016

La receta feminista

  
Se presentan tiempos oscuros para la identidad. En una sociedad globalizada y en gran parte frustrada por no conseguir la consonancia ideológica, nos encontramos con aquellos díscolos morales cuyo único objetivo es embriagar de incertidumbre a la sociedad civil con ese sentimiento de vacío para así poder erradicar lo que nos hace libres: nosotros mismos y nuestros valores. Y para ello emplean estrategias seductoras a la par que manipuladoras de lo más estudiadas para, simulando una actitud dócil, despojar al pueblo de su libertad.
 
Muchas han sido las voces que en los últimos días han exigido la dimisión del alcalde de Alcorcón, David Pérez, por sus palabras acerca del colectivo feminista. Palabras que, tal y como aseguró el propio alcalde, no fueron correctamente interpretadas por la sociedad civil a la que, según algunos, parecen haber indignado. Pero lo cierto es que esas declaraciones no distan mucho de la realidad que rodea a los mal llamados feministas.

Durante los últimos años, hemos asistido a una descrédito del feminismo por la propia actitud de quienes se dicen defensores del mismo mientras arrasan aquello por lo que tantas mujeres lucharon y dieron la vida durante décadas. Con cada acto que llevan a cabo, las actuales feministas pecan de una hipocresía superlativa, ya que, en un país libre como el nuestro, su mayor labor se basa en asaltar instituciones y manifestarse de manera violenta en pos de la opresión que ansían ejercer sobre la sociedad. Y por si fuera poco, desde las propias instituciones mancilladas por la incultura de este colectivo, existen políticos y figuras públicas que apoyan con sinceridad esos desvaríos mientras pronuncian discursos libertarios.
A los líderes de la izquierda radical no les agrada en absoluto que exista algo que no esté bajo su control, y por ello animan a imponer la tiranía del cuestionable movimiento feminista, para así seguir desplegando sin esfuerzo la alfombra roja que les llevará al dominio de todo ser que habite en España.

Las niñas de papá que alardean de ser las más populares del insti por desnudarse frente a una sociedad que las soporta con tedio, se encuentran también en el convencimiento de que un pene occidental es un arma de destrucción masiva. Sin embargo, esa insípida reflexión no se extiende a lo largo de toda la geografía, pues callan ante la represión de la mujer en los países sumidos en dictaduras islámicas donde se lapida a aquella que sea acusada de adulterio. Los progresistas de mercadillo miran también hacia otro lado cuando apoyan a regímenes machistas y homófobos como el de Fidel Castro, dictador que lanzó a homosexuales a la más absoluta de las miserias. Luego celebran su happy hour particular, acudiendo a una mani y amenazando de muerte a un hombre libre que ha dado su opinión acerca de un colectivo particular que no representa ni representará jamás a la mujer libre. Y al no aplaudir esas incoherencias, una mujer parece no tener derecho a serlo, y un hombre pasa automáticamente al mismo paredón donde se fusila, con dialéctica chabacana, a violadores y opresores.

Si hay algo que nos torna confusos acerca de la veracidad moral del sentimiento feminista, son las incongruencias que algunos ya ni siquiera se esfuerzan por disimular. Mientras David Pérez sufre en sus carnes el odio -o más bien la frustración- de una minoría social molesta, Pablo Iglesias puede permitirse el lujo de decir que azotaría a una presentadora de televisión hasta que sangrase sin que nadie le recrimine sus palabras. Los principios morales de la izquierda quedan reducidos a cenizas cuando, callando como oprimidas, las mujeres de su partido deciden no castigar con la misma firmeza las palabras de su líder y las de su adversario. Aceptan las vejaciones a su género siempre y cuando provengan del bendito manantial que sostiene sus modestas y mediocres carreras, aceptando automáticamente quedar relegadas a un segundo plano no solo en su partido, sino también en el seno de una sociedad que acabará repudiándolas por llevar una lucha falta de principios.

Gracias a muchos hombres y mujeres que lucharon con coraje, ese modelo de "señora de" encerrada en la cocina desapareció, y hoy la mujer puede ser lo que quiera ser, pues goza de la libertad que merece. Pero ese pensamiento retrógrado vuelve peligrosamente de la mano de mujeres que se dicen abanderadas de la libertad, pero que realmente lo único que quieren es volver a diseñar un canon femenino al que ninguna mujer podrá renunciar si no quiere ser tachada de machista cómplice de su propia desgracia. El verdadero feminismo consiguió en su día grandes hazañas, no dejemos que el fanatismo les ponga fecha de caducidad.