jueves, 2 de marzo de 2017

Los tiranos se visten de progres

Que los hombres tienen pene y las mujeres tienen vulva es una afirmación redundante y, a mi parecer, falta de contenido secundario que dé pie a la malinterpretación. Es una afirmación científicamente correcta e irrefutable. Esta obviedad ha llevado nada menos que a inmovilizar un autobús publicitario que circulaba por las calles de Madrid. Bajo una multitud de insultos y amenazas, los impulsores de dicho acto han sido amordazados y condenados por los impostores componentes de un compartimento social agresivo y alborotador.

La libertad de expresión se aleja cada vez más de la realidad social que nos rodea. Los que defienden a capa y espada la diversidad sexual y la igualdad se encuentran en una disparatada coyuntura que concede un creciente componente absurdo a su emancipador discurso, pues sus hegemónicas convicciones han alcanzado un punto de no retorno al no poder ser cuestionadas por nadie que piense distinto. Y esas convicciones provienen nada menos que de una ideología basada en la tiranización de lo que un día fue una lucha digna y razonable. 

El colectivo LGTBI se encuentra perdido en un mar de contradicciones. Los que en su día se armaron de valentía y agarraron vigorosamente el timón que les conduciría hacia la libertad, lograron dignificar la diversidad sexual sin exabruptos ni imposiciones. Hoy ese colectivo, dotado de una merecida y anhelada libertad para decir y hacer, ha virado en forma y contenido, convirtiéndose en  impulsor de una doctrina que, según muchos de sus componentes, ha de ser no solo respetada, sino también compartida y practicada por el resto de los mortales. El simple hecho de saber sumar es un hándicap para poder afirmar con certeza que dos y dos son cuatro. El resultado deja de ser cuatro si lo dice un matemático. 

La incongruencia del discurso inquisitorio de los que quemarían el autobús publicitario de Hazte Oír no deja de ser una más de otras tantas dentro del repertorio discográfico de la izquierda absolutista. Que se lo digan si no a los dibujantes del semanario satírico Charlie Hebdo, a los que unos fundamentalistas islámicos castigaron con la muerte por caricaturizar a su profeta. Recuerdo que, tras varios días de letargo, la guerrilla de los activistas de salón salió a su medio natural, las redes sociales, a mencionar de una manera sutil pero a la vez indiscreta el casi merecido castigo que les fue impuesto a unos dibujantes por parte de dos hijos de puta en nombre de Alá sabe qué. Lo merecían, pues, según algunos, habían ofendido a miles de personas que tenían un determinado sentimiento religioso. Muchos de los que en su día aproximaron el atentado terrorista a la justificación moral pertinente, decidieron hace pocos días que la 'drag queen' crucificada de las Palmas había practicado un espectáculo que debía ser, gustase o no, digno de aplauso. ¿Por qué? Porque así lo dictamina la sentenciadora mano que mece la cuna del igualitarismo discriminatorio. Así, cegados por su ego sobrehumano, los tiranos igualitarios pasaron por encima de millones de sentimientos y escupieron sobre los que, de manera respetuosa, lucharán como mucho en los tribunales lo que, bajo su criterio, consideran una ofensa. Y a mi parecer no deberían, pues el espectáculo de la gala goza de la misma legitimidad que el autobús de Hazte Oír.

Y lo peor de todo es que la clase política de nuestro país al completo se ha sometido a la esclavitud anacrónica que pretende llevar a cabo el lobby LGTBI, porque obviamente nadie va a defender la libertad, venga de donde venga, si ello no conlleva un sustancial beneficio electoral ni se acompaña del clamor popular. Nuestra sociedad se encuentra en la senda del más absoluto desastre cuando sus componentes interpretan la libertad como algo parcial y demodé. Y si no, vean a Cristina Cifuentes, supuesta abanderada del pensamiento liberal, que, bajo la atónita mirada de sus votantes demócratas, ha decidido tomar partido y denunciar el supuesto delito de odio que supone una campaña publicitaria más o menos acertada, según cómo se mire, igual de lícita que las que vemos a diario en las calles de nuestras ciudades. 
Más allá va la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Sí, la promotora del Padrenuestro blasfemo multará al autobús si se atreve a pisar su feudo ideológico. 
La parcialidad de nuestra clase política en lo que a libertades se refiere resulta ya escandalosa y denigrante.


Una sociedad ideal sería aquella en la cual la diversidad de opinión no fuera un problema siempre y cuando no coartase la libertad de ninguno de sus componentes. Ideal sería aceptar las diversas campañas sociales siempre que no fueran sufragadas arbitrariamente por el gobernante de turno para hacer de ellas una moneda de cambio de cara a futuros apoyos. Ejemplar sería no imponer ningún criterio moral en materia de género. Enriquecedor sería poder expresarse libremente y con respeto sin que un alcalde amenace con sacarse una ordenanza de la chistera para multar a aquellos que deseen hacerlo. 

Desgraciadamente, el progreso hacia la libertad se halla anclado en mitad de la nada por quienes ejercen el revanchismo pretendiendo alcanzar un extremo casi equivalente al que un día rechazaron.